7.6 Esperando una audiencia con el shah

(17.07.1618? – 20.07.1618?)


De hay á tres días volvió á mandar el rey que el Enbaxador fuese otra tarde á la plaza, que estaba aun con más gente que la primera, y habiendo parado en el lugar que había estado antes entró el rey con algunos de sus favoridos, llegó adonde el Enbaxador estaba y le brindó conforme á la costunbre ordinaria que en esto tiene, y luego arremetió el caballo en que venía, dos ó tres veces, diciendo que por que viese su ejercicio quería jugar á la chueca, y saliendo muchos de los caballeros que allí había tomaron cayados, teniendo ya el rey en la mano el suyo.
Y de la manera que los labradores en las aldeas de España juegan este juego á pie, lo jugaban á caballo y con la mesma contención y porfía, teniendo á cada uno de los dos extremos de la plaza dos colunas de media pica de alto y nueve ó diez pies una de la otra, por donde enbocauan la bola, que era de madera y del tamaño de las pelotas de viento con que juegan en España. Los cayados son de la propia forma de los mallos de Europa, pero no dan á la bola con la frente, sino de través, como los que juegan en España al cayado, siendo estos mallos ó cayados de Persia menos fuertes y ansi se quiebran muchos.
Y siendo el rey uno de los que con mas destreza y desenvoltura jugaba, alerto á alcanzar la bola en aquel paraje y muy cerca de donde estaba el Enbaxador, y gritando en muy alta y distincta voz el nonbre de Sanctiago, le dio un gran golpe de manera que la arronjó hasta el fin de la plaza. Tienen todos los persianos muy firme persuasión que Sanctiago, nuestro apóstol y patrón de España, es el mismo que su profeta Alí, tan celebrado y venerado de ellos, y ansí lo pintan siempre a caballo y con armas militares, combatiendo con sus enemigos ó con algunas fieras, no bastando persuasión alguna para sacarles de este error, aunque hubo entre el uno y el otro más de seiscientos años, contando de este su profeta proezas y hazañas admirables. El mismo error tienen de San Jorge, diciendo que es el mismo que otro sancto suyo muy valiente á quien llaman Chederlem, estando en esta misma persuasión también los turcos, y ansí los unos y los otros cuentan á este proposito muchas y notables fábulas.

Continuándose el juego, en que también el rey invocaba el nombre de Alí, le advirtió al Embajador su intérprete, como cerca de él, no habiendo sino otros dos persianos en medio, estaban los dos hijos del rey, y en medio de uno y otro estaban otros dos hombres á caballo, y no de los principales y conocidos. Y mirando disimuladamente el Embajador, por las señas que el intérprete daba, vio al muchacho hijo del rey que había visto en el cenador del estanque el día que se llevó el presente, que luego conoció ser aquel mismo que en aquella sazón allí estuvo, y no lejos de él su hermano, que á lo que parecía sería de edad de veinte y cinco ó veinte y seis años, robusto de cuerpo, moreno y de grandes mostachos. Ellos estaban en aparencia de gran sumisión, sin hablarles ni hacerles ningún genero de cortesía nadie de los que se ponían junto á ellos ó les pasaban delante, de manera que parecían no solamente no hijos del rey, pero muy inferiores de todos los que podían tener en el Maydan entonces algún nombre. Y ansí, cuando el Embajador se despidió del rey después de haberle suplicado le diese audiencia y prometídosela para otro día, cuando iba saliendo de la plaza con las mismas luces que la vez pasada, el muchacho pasó solo á caballo muy apriesa por junto al Embajador, y bajando mucho la cabeza en señal de cortesía fue mirándole á él y á sus criados con mucha atención y luego volvió a pasar algo apartado con el mismo cuidado que antes.
Este mozo, como he dicho ya, será de diez y seis años, de muy lindo talle, blanco, y que se echa de ver en él tener buen natural y una cierta blandura y generosa índole, como hijo de mujer cristiana, siendo su madre georgiana de nación. Llámase Emancoli Mirza, y el mayor Conhabendec, los cuales aunque con nombre de hijos del rey viven sin ninguna aparencia ni estimación de dignidad real, huyendo todos de comunicarles ni respetarles, y queriendo ellos lo mismo, espantados y atemorizados de la muerte miserable de su hermano mayor Safi Mirza.

Tuvo alguna esperanza el Enbaxador de poder tener audiencia y despacho del rey, para con tiempo partirse á Ormuz y de allí á la India y alcanzar las ñaues en que pudiese enbarcar á España en fin de Dicienbre ó principio de Enero, pero viendo que lo entretenían con las mismas dilaciones y que se avivaba más la fama de la partida del rey, comenzando ya á salir de Casbin muchos de los soldados que le aconpañaban, tuvo sospecha que le quería dejar en aquella ciudad de tan enfermo y pestilencial aire.
Y ansí, aunque su negociación corria por Usenbec, y Agamir, el secretario de Estado, no queria tratar de ella, no habiéndosela el rey cometido, se resolvio de verle una mañana en su casa, adonde después de haber el Enbaxador tratado con él lo que le páreció que convenía á su despacho, le prometió de luego decírselo al rey y de llevarle la respuesta, aunque saliese del orden que tenía.
Por otra parte solicitaba á Usenbec, que cada día venía á visitarle y á decirle de parte del rey que estuviese cierto que no se partiría sin oyrle muy de espacio y despacharle á su gusto; más esto, sigún la poca firmeza y siguridad del rey, no párecía verisímil, aunque continuaban los regalos que cada día enviaba al Enbaxador, ofreciéndole por el mesmo Usenbec lo que más gustase y bien le hubiese parecido del presente que vio en el Maydan. Pero el Enbaxador, que estaba sumamente sentido y enfadado de no querer oirle, le respondió que besaba las manos á Su Alteza por la merced y favor que le hacía, más que otras cosas se ofrecían de presente en que la podía recibir mayor, y que ansí le suplicaba le cumpliese la palabra que como rey le había dado de oírle.

Había en este tiempo acabado de enfermar gravemente casi toda la familia del Enbaxador, de manera que no había quien le sirviese, ni los que habían enfermado luego como llegó á Casbin, no convalescían, recayendo muchas veces; tal era la mala calidad del aire y agua de aquella ciudad.Y aunque el Enbaxador suplía en parte esta falta mandando traer agua de algunas fuentes una legua fuera de ella, los enfermos no mejorauan, padeciendo grandes y ardientes calenturas con flujo de vientre y relajación de estomago, siendo el mejor y más acertado remedio para este mal, beber poco, teniendo todos los pacientes vehementísima sed, sin poder comer cosa alguna, y siendo esto en la mayor fuerza del estío causaba mayor molestia y trabajo, con grande espanto de los enfermos por el mucho numero de gente que cada día moría en la ciudad, con algunos criados y favoridos del rey. Con la abstinencia de beber y sangrías en los más robustos se hallaba alguna mejoria, pero no de manera que se librasen de tan inportuno mal, aunque fué Dios servido que sin ningún peligro de muerte en la casa y familia del Enbaxador. Conforme á la relación que daban los vecinos de Casbin solía venir esta epidemia por todos sus moradores de cinco á cinco años, llevando mucha gente el año que corría, con los mesmos accidentes que se han dicho, y cuando con ellos se recrecía vehemente dolor de cabeza, el mal conocidamente era más peligroso. Y demás de que el aire y el agua era de tan mala calidad y naturaleza, corrompiéndose más en los días estivales cuando corría esta epidemia, el clima de Casbin, aunque ya tan dentro de la Media, es calidísimo tanto y más que en la costa de Berberia cercana á España, y ansí, por no poderse sufrir el calor de noche en los aposentos, por buenos que sean, duermen todos generalmente sobre los terrados y lechos de las casas, como en Ormuz y en los demás lugares de Arabia y Persia.

Hizo Agamir buen oficio en esto y dentro de dos días vino á visitar al Embajador y á certificarle que el rey le daría lugar para que pudiese hablarle á su gusto, y que esto sería luego otro día, diciéndole lo mismo Usenbec, pero con todo esto no quedó seguro, habiendo conocido del astuto y sagaz ánimo del rey no querer que le tratasen de las cosas de Ormuz, y tanto rehuía esta platica cuanto más culpado y alcanzado se había de hallar en ella. Porque durante la paz con Su Magestad Catholica y las embajadas que de parte á parte por tiempo de diez y siete años se habían continuado, había con fraude y sobre seguro ocupado la isla de Baharen, riquísima por la pesquería de sus perlas, y poco adelante las tierras del Mogostan, y últimamente la fortaleza de Comoran y isla de Queixome, no dejando de todo el reyno de Ormuz casi otra cosa sino aquella ciudad y la estéril y pequeña isla en que está situada.

Salía ya muy apriesa de Casbin á Soltania la recámara del rey y los demás impedimentos de su casa, publicándose para dentro de tres días su partida, con que ya el Embajador no atendía sino á salir de aquella ciudad, desconfiado de cualquíera despacho, porque el mal en su familia se augmentaua, hallándose él ansimesmo con poca salud y debilitado, de manera que no podía gastar el poco mantenimiento con que apenas se alímentaua, aunque de casi dos jornadas de allí le traían agua del rio Jarun, que tenia fama de muy delgada y saludable.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo V, pp. 112 – 117)

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